En un lapso de diez años gobernó Zapopan (1983-1985) y Guadalajara (1992-1995), ciudad que le tocó hacerlo en momentos de turbulencia social y política como nunca se habían vivido, pues encabezó el Concejo Municipal que se integró tras la desintegración del Cabildo -encabezado por el entonces alcalde Enrique Dau Flores-, luego de las explosiones del 22 de abril en el Sector Reforma. Y entregó buenas cuentas, pero la transición en el Estado ya estaba destinada a darse, luego de este trágico suceso y los asesinatos del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y Luis Donaldo Colosio Murrieta, amén del famoso “error de diciembre” de la era Sainas-Zedillo.
Cuando un reportero le preguntó cómo explicaba que en sólo dos días pudo llegar a un cargo (la Secretaría de Vialidad y Transporte) y luego saltar a otro , el ingeniero Alberto Mora López respondió: “Ni yo me lo explico…”.
Desde el primero y hasta el último día se dedicó a trabajar, a gobernar una ciudad convulsa y que requería volver lo más pronto posible a la normalidad, particularmente la zona destrozada, mientras el gobierno del Estado, encabezado interinamente por Carlos Rivera Aceves, enfrentaba no soló de una pronta reconstrucción, sino también la rebelión del los hombres del campo integrados en la recién creada agrupación de “El Barzón”, comandados por el posterior diputado federal del PRD y luego de Morena, Maximiliano Barbosa Llamas; y el Patronato de Reconstrucción, presidido por don Gabriel Covarrubias Ibarra, atendía la demanda de los damnificados.
Al ingeniero Mora López lo caracterizaron, entre otros, dos valores difíciles de encontrar en los políticos: la prudencia y la discreción. Nunca tomó decisiones para ganarse los reflectores, pues siempre antepuso su responsabilidad de servidor público y lo que era mejor para la capital y los tapatíos. Nunca -y en aquellos tiempos esta palabra tuvo un enorme valor en su persona-, se aprovechó de la situación y condiciones que vivía Guadalajara para sacar beneficio político personal o de grupo. En los hechos, demostró que siempre supo a qué llegó al gobierno de la capital: a trabajar para que pronto se recuperara del trauma social de las explosiones y del conflicto político en la que se vio inmersa. Dejó pasar la posibilidad de contender por la candidatura del PRI a la gubernatura.
El sábado 29 de octubre de 1994, en plena efervescencia priista por los “destapes” de aspirantes a la candidatura estatal, Mora López declaró a los medios de comunicación: “… Estas razones, de acuerdo a mi forma de ser y pensar, me obligan a declinar la participación como precandidato en la convención (…). Las consideraciones que he hecho son de carácter personal, pero fundamentalmente de orden institucional y político(…). Estoy convencido, como ya lo dije, que debo anteponer a cualquier interés personal, el interés de la ciudad y mi responsabilidad y mi misión es seguir trabajando con ella (…). Definitivamente, lo que decide mi determinación es mi compromiso con la ciudad de Guadalajara…”. (Columna “Entre Semana” 31/Octubre/1994. Ocho Columnas).
El poder nunca lo “mareo”. Conocía de los tiempos, los momentos y el espacio. Sabía cuándo estar y cuándo no estar. Y dónde estar. Al término de su gestión en Zapopan, primero, y luego de Guadalajara, supo tomar su distancia. Lo llamaron cuando lo necesitaron y no los defraudó.
Por otro lado, se daba espacio para el diálogo y la reflexión, para compartir su sapiensa, pero particularmente ansiaba escuchar a sus interlcutores. Recuerdo aquellas charlas amenas a la hora del desayuno que sostuvimos en varias ocasiones en el entrañable y extrañable restaurante “El Tejabán” -en Pablo Casals-, con la compañia también del extraordinario amigo Fernando Arias. Al café acompañado del tradicional pan, luego venían los chilaquiles y el jocoque de mi parte, mientras el ingeniero Mora López no perdonaba su jugo de papaya.
El pasado sábado 19 falleció el ingeniero Alberto Mora López -(a la izquierda en la fotografía, durante el sepelio del ex gobernador Francisco Medina Ascencio)-, dejando en la política la suma de un legado difícil de encontrar en la persona de un político: sencillez, honestidad, honradez, discreción, prudencia y caballerosidad. Sí, era todo un caballero. Descanse en paz.