Por Luis Miguel Hernández
Observar los detalles de las acciones de los funcionarios públicos en la última etapa de los preparativos del Mundial FIFA, evidencian que cualquier plazo hubiera sido insuficiente para poner en óptimas condiciones la infraestructura urbana requerida. También es evidente que la capacidad de gestión de las autoridades fue rebasada por las condiciones impuestas por la FIFA, el auténtico dueño del balón que, de una manera clara y precisa, ya marcó los tantos suficientes como para poner en claro que la organización es, como suele serlo, la gran ganadora de la justa mundialista.
La suma de indignaciones locales, el desborde de la pintura violeta en la Ciudad de México, las infames vallas en nuestro Centro Histórico, las fallas en las instalaciones deportivas de Monterrey, evidenciadas por la selección japonesa, sumadas a las incomodidades de los vecinos más cercanos a los espacios donde tendrán lugar los partidos y las actividades oficiales del torneo, hoy llenan los espacios informativos, pero seguramente pronto pasarán a tener mínima relevancia cuando el factor deportivo inunde los medios y el interés del público.
Ante todo es necesario hacer una precisión: Independientemente de que las caras que vemos relacionadas a la preparación y adecuaciones para la realización de este evento internacional, sean principalmente funcionarios públicos, debemos de tener muy en claro que en las ciudades sede de los partidos, los anfitriones no son las autoridades, no son los políticos, es la población. La celebración futbolística pondrá los ojos del mundo no en la alcaldesa o el gobernador (que ha demostrado un talento inaudito para la acrobacia), sino en los tapatíos y en la fiesta que logremos generar; somos anfitriones del mundo y, en ese papel, nos toca poner buena cara y aguantar el paso del evento internacional.
Una vez concluidos los partidos, una vez levantado el escenario, vendrá la hora de las evaluaciones, será el momento de calcular si la derrama obtenida se acercó al optimismo oficial; si la ciudad fue el polo turístico que se pensaba o si la celebración logró algún beneficio para la colectividad. En estos momentos el futuro es incierto para quienes invirtieron en la hospitalidad a los visitantes, especialmente en la zona de la Cruz de Plazas y la Plaza Tapatía, pues parece que después de padecer una zona bombardeada por obras y ocurrencias, no tendrán el acceso fácil e inmediato de la clientela que durante meses se les prometió.
Es un tema complejo del cual sería exagerado responsabilizar al municipio, al Estado o a la Federación, pues desde un inicio todos los niveles de gobierno han actuado bajo las indicaciones de la FIFA y se ha relegado a las autoridades locales a ser el instrumento para materializar los proyectos de la organización y sus patrocinadores. El futbol es una empresa global y el Mundial es, en muchos sentidos, un monopolio incuestionable, por lo que podemos señalar que al final el resultado de los partidos es intrascendente para la FIFA, pues para ellos las facturas empezaron a cobrarse desde que se anunció la sede y, seguramente, ya han llenado en buena medida las arcas de la Organización, a sus socios y a sus patrocinadores.
Seguramente algunos pocos tapatíos accederán al Estadio y disfrutarán de los partidos a celebrarse, especialmente el encuentro entre México y Corea del Sur; muchos más lo verán en el gran número de pantallas monumentales que los gobiernos instalarán en toda la ciudad y el estado, y la mayoría se sentará en su hogar a sudar la gota gorda esperando un buen resultado.
Lo único cierto, hoy en día, es que el futbol, en el que la pasión puede confrontar, es una actividad, quizá la única, que ha desarrollado nuestra civilización para poder disfrutar y participar de un espectáculo en el que, sin importar país, etnia, condición social y económica, la cancha es la misma, el balón es igual y dos equipos de once jugadores buscan anotar para obtener el triunfo. Y parafraseando al inolvidable Ángel Fernández, quien en su tiempo lo llamó “El juego del hombre”, hoy lo reconocemos como “El juego de la Humanidad”.