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Le eterna y errada discusión: ¿Debe el PRI cambiar de nombre?

Escrito por   /   26/07/2018 a las 6:00 am /   Sé el primero en comentar

Los priistas corren el riesgo de quedarse viendo el árbol en lugar de ver todo el bosque.

Más que como un propósito de iniciar un análisis de fondo sobre lo que sucedió tras la trágica derrota del 1 de julio, hubo quien colocó como distractor, sobre la mesa, la posibilidad o necesidad de que el Partido Revolucionario Institucional cambie hasta de nombre si es necesario para recobrar la confianza ciudadana.

La actual dirigente nacional del PRI, Claudia Ruiz Massieu, aseveró días atrás que éste es un tema que hay que considerar si es necesario.

Bastó esta referencia para que no pocos se concentren en la discusión sobre si el tricolor debe o no cambiar de nombre (ver el árbol), en lugar de centrarse en lo que debe ser el análisis de fondo: qué partido quieren (ver todo el bosque). Y cuando hayan dirimido hasta el cansancio éste tema con todos los aderezos que ello obliga, entonces buscar después cuál es el perfil de dirigente que se requiere y quién cumple con los requisitos para hacerse cargo de las riendas priistas.

¿O es que, acaso, de veras es importante y trascendente que los priistas comiencen la discusión sobre su futuro -analizando su pasado reciente, o sea la jornada electoral-, abordando el tema sobre si su partido debe o no seguir llamándose igual?

Ayer, en la ceremonia del doctorado Honoris Causa que la Universidad de Guadalajara otorgó al presidente de Uruguay,  Tabaré Vázquez, el gobernador Jorge Aristóteles Sandoval aprovechó el marco para hacer un primer planteamiento a sus correligionarios sobre la lección que les dejó el resultado electoral que fundió a su partido nuevamente en la tercera posición electoral en la carrera por la presidencia de la República, y en la cuarta en la contienda por la gubernatura.

Dijo:

“Los mexicanos dejaron muchos mensajes en las urnas. Con el que yo me quedo y recojo con gran apertura y conciencia es uno que tiene que ver con el partido al que pertenezco, como muchos de los grandes partidos que ahora pasaron a ser pequeños partidos en representación de la sociedad. Y ese mensaje fue un rotundo no, a la idea de seguir bajo la misma lógica”.
Agregó que esa lógica está “basada en las formas que no son sino una manera de establecer un juego de espejos, un diálogo entre muy pocos en el que el ciudadano irremediablemente queda fuera. Ese insistir en hablar entre nosotros y solo entre nosotros, ha limitado, entre otras cosas, nuestra capacidad de debatir, de disentir, de discutir y, con base en eso, entendernos. Y entender que el conflicto es necesario en la política, reconocer lo que se hizo mal y comenzar como un partido, como muchos partidos, a delinear un remedio”.
Y entonces cerró: “El mensaje que los ciudadanos le dejaron a mi partido no es un cambia de nombre sino un cambia de fondo. El mensaje es un ‘adáptate porque los tiempos han cambiado…”.
Los priistas, mientras no sean convocados a deliberar al interior de sus órganos establecidos para ello y lo hagan sin cortapisas, se empeñan en discutir públicamente lo que NO deben hacer en lugar de plantear desde ya que SÍ deberían de estar haciendo para darle a la base militante señales de hacia dónde quieren ir.
¿Quién dentro del PRI tiene la autoridad moral para levantar la voz y señalar lo que se hizo mal, las decisiones equivocadas que se tomaron, los errores en que se incurrieron por favorecer a los cercanos, a los amigos y a los compadres, sin que le reprochen que “ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”? Difícil decir nombres, ¿verdad? Porque sin duda las dirigencias que el partido ha tenido a lo largo de éste sexenio son corresponsables de lo sucedido, el primer priista del estado es responsable de lo que ocurrió, las cúpulas de los sectores y organizaciones son también culpables del rechazo ciudadano. ¿Quién de ellos puede hacerlo?
Quizás por eso han decidido abordar el tema más intrascendente como es si el PRI debe o no seguirse llamando igual o cambiar de nombre. Es el mejor pretexto que encontraron para no entrar al fondo del problema, mientras nadie se atreva a poner “el dedo en la llaga”.

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